martes, 7 de mayo de 2019

Las trampas del EGO

LAS TRAMPAS DEL EGO QUE FRENAN NUESTRO CRECIMIENTO ESPIRITUAL
Las ansias de alabanzas, reconoci-mientos, de aprobación o de poder engrosan una falsa autoestima que siempre está hambrienta. De ahí, que sea esencial identificar esas trampas del ego tan recurrentes en muchos de nosotros.

1. Quiero tener siempre la razón

Hay personas así. De las que no importa que las evidencias sean tan rotundas y sólidas como un edificio de diez plantas. Hay quien en cualquier circunstancia, momento o condición, desea tener siempre la verdad a su favor. Así, y para poner siempre la balanza de su lado, no duda en desplegar las más variadas (y dañinas) artimañas. El ego en estas circunstancias, pesa en exceso y no ayuda a nadie.

2. ¿Por qué los demás no actúan como yo deseo y espero?

En cierto modo, todos nosotros hemos experimentado esta misma sensación. La de desesperarnos al ver que personas que apreciamos no hacen o se comportan como esperamos. Este hecho, el querer que quienes conforman nuestros círculos más cercanos actúen siempre tal y como deseamos, no es solo una más de las trampas del ego. Es también una fuente de sufri-mientos.

3. El sentido constante de carencia

Si tuviera una casa más grande sería feliz. Si pudiera ahorrar un poco más podría comprarme el móvil que acaba de sacar al mercado esa marca determinada. Si tuviera una pareja cariñosa y que me llevara en bandeja la vida sería perfecta…
Si nos fijamos bien, el sentido de carencia está impreso en gran parte de nuestra sociedad. Nunca nos sentimos completos o satisfechos. Siempre nos falta algo, siempre anhelamos ese detalle que si lográramos poseer nos ofrecería una felicidad inconmensurable.

Sin embargo, cuando logramos poseer esa objetivo, la satisfacción caduca pronto y ponemos nuestras esperanzas en otro cosa, otra dimensión, en otra persona.
4. La necesidad de aprobación.

Todos "necesitamos" sentirnos aceptados. Al fin y al cabo, nos movemos en escenarios sociales donde la convivencia siempre es más fluida y significativa si hay aceptación entre nosotros. Ahora bien, tal y como señalábamos al inicio la clave está en el equilibrio. Sentirnos aceptados es bueno, obsesionarnos por tener siempre la aprobación de los demás no es nada saludable, y ya coloca cadenas a nuestra libertad y realización personal.

5. Me siento inferior (o superior) a los demás.

Las trampas del ego no se diseñan únicamente mediante el abuso. Mediante esa egomanía de quien desea más, de quien se cree más que nadie o necesita más que cualquier otro. Esos escollos de nuestro creci-miento personal también se conforman con los senti-mientos de carencia. El sentirnos menos que los demás, el percibir que todo esfuerzo es vano cuando el resto nos supera en casi todo, nos aboca también al sufrimiento.
Así, nunca está de más recordar que la integridad personal requiere también de ese ego capaz de protegerse a sí mismo pero sin caer en excesos. De una autoestima centrada, fuerte que sepa validarse a sí mismo y a su vez, ejercer el respeto ajeno.
Aprendamos por tanto a callar esa voz molesta. Logremos día a día identificar un poco mejor sus artimañas para poder así reajustar sus dinámicas y ponerlas a nuestro favor.

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