jueves, 19 de marzo de 2020

El coronavirus como revelador

La lectura de Virilio nos permite las dos cosas: insistir en la cuestión de la aceleración y a la vez hablar de lo que él llama “el accidente”: el desastre, la catástrofe.    

Virilio es un pensador de la velocidad, un “dromólogo” (dromos=carreras), hijo como él mismo se dice de la “guerra relámpago” (blitzkrieg) que los nazis practicaron contra Francia en 1940.

Para Virilio el poder es “dromocrático”, un poder de ser veloz, de controlar el territorio mediante la velocidad, de guiar los ritmos de una sociedad. Y cada forma histórica de “velocidad” tiene su propio “accidente”. 

El accidente siempre tuvo un lugar y un tiempo (el Titanic se hundió en un lugar, los trenes descarrilaban en un punto). Pero hoy, cuando la velocidad absoluta del capital ha abolido las distancias, entramos en tiempos del “accidente general”: el que ocurre simultáneamente en todas partes.

¿Qué poder, qué velocidad, qué accidente se juegan hoy en la coyuntura del coronavirus? 
Disuadidos
Después de la caída del muro de Berlín en 1989, he comprendido que, durante la guerra fría, todos nosotros hemos sido disuadidos; podría escribirse un libro que se titulase Los disuadidos, igual que se escribió Los poseídos. En todos nuestros trabajos, a lo largo de cuarenta años, hemos estado condicionados por la disuasión. Nuestra manera de trabajar, nuestras ideas y nuestros ideales, han sido condicionados por el fin posible del mundo. Y, privados de libertad, hemos debido salir súbitamente, liberarnos de esta cultura de disuasión y angustia.

Se diría que la cultura de la disuasión (de la amenaza) sigue en pie después de acabar la Guerra Fría. Hay un chantaje implícito que condiciona las maneras de pensar y de vivir: “obediencia o fin del mundo”. Si nos paramos, si no consumimos, si dejamos de trabajar, ¿no será el fin del mundo? La vida está tan alojada dentro del sistema que si él cae nosotros lo haremos con él. La disuasión prohíbe con sutileza todo pensamiento, todo comportamiento desobediente. La posibilidad de la catástrofe nos disuade. Es obediencia o muerte. Pero una sociedad basada en la obediencia, ¿no es también la muerte?  

Revelador

El tema del accidente no deja de obsesionarme. El accidente es un milagro al revés, un milagro laico, un revelador. Inventar el barco es inventar el naufragio; inventar el avión es inventar el accidente aéreo, inventar la electricidad es inventar la electrocución… Cada tecnología lleva consigo su propia negatividad que aparece al mismo tiempo que el progreso técnico.

Virilio nos incita a tomar el evento como un momento privilegiado de pensamiento. Es el desgarrón en el estado de cosas que nos puede permitir ver algo a través. Es el sacudón que detiene los automatismos en que estamos metidos día a día. Es la interrupción. Se piensa en la interrupción.
¿Qué interrupción nos permite pensar, cualquiera? Es un tema para Virilio la “industrialización” del accidente, su banalización. Ya ningún accidente de coche nos da que pensar sobre ese sistema de transporte y de vida. 

¿Será el evento ("accidente") inaudito, el que nunca hemos visto antes, el que no está ya contemplado, categorizado, reducido a riesgo, asegurado? ¿Es por sus cualidades objetivas que el evento nos da que pensar o por algún tipo de apropiación subjetiva? En este caso el accidente que nos da que pensar es el que se piensa, esa paradoja.   

¿Cómo extraemos un evento de la banalización y lo singularizamos? El evento que nos da que pensar es justamente el que extraemos de la categoría de "accidente", el que tiene responsables, el que afecta a la estructura que organiza la vida.

¿Es interesante mantener esa categoría de "accidente"? Virilio se remota al origen griego y distingue la sustancia (lo que está, lo que es) del accidente (lo que pasa, lo que sucede). Lo que sucede nos “revela” algo de lo que es. Es el “milagro al revés, el milagro laico, el revelador”.

¿Está funcionando el coronavirus como “revelador” de algo, está abriendo o activando preguntas? Tal vez es pronto para decirlo, pero nos cuesta detectarlas. Es más obvio, más evidente el miedo.

Una historia singular nos viene desde Japón: allí, el coronavirus se genera en una coyuntura marcada por los juegos olímpicos que serán en agosto. Sin embargo, la mayoría de la gente rechaza los juegos olímpicos, se sabe que sólo traen riqueza  para una élite. 

La gente quiere vivir tranquila, sin más fuegos artificiales. Hay entonces una extraña solidaridad con el coronavirus. Sólo el coronavirus puede detener los juegos. La gente mayor, que debería quedarse en su casa, se niega a vivir encerrada el tiempo que les queda y se arriesga, quiere vivir. Se exponen al coronavirus, a convertirse en “guerrilleros” del coronavirus. ¡Uno, dos, tres virus!

El tiempo del pensa-miento

La tiranía del tiempo no anda muy alejada de la tiranía clásica porque tiende a eliminar la reflexión del ciudadano a favor de una actividad refleja. La democracia es solidaria, no solitaria. Y el ser humano tiene necesidad de reflexionar antes de actuar. Ahora bien, el tiempo real y el presente global exigen del teleespectador que ya es del orden de la manipulación. La tiranía del tiempo real es la sumisión del telespectador. La democracia está amenazada en su temporalidad pues el tiempo de espera para un juicio tiende a ser suprimido. La democracia es la espera de una decisión tomada colectivamente. La democracia automática elimina esta reflexión en beneficio de un reflejo.
Gobernar hoy, dice Virilio, es sincronizar las opiniones y las emociones. Para pensar autónomamente hay que romper esa sincronización. Despegarnos del tiempo real de la tele y los medios. ¿Cómo?

La sincronización es la que transmite el miedo como acto reflejo, sin pensamiento. El otro como amenaza, como enemigo. Los estereotipos que repetimos hoy en mil conversaciones cotidianas. El tiempo real suprime la “espera” como dice Virilio y al mismo tiempo nos pone a la espera (de la última noticia, etc.). 

En malas condiciones se ha producido un tiempo-espacio de reflexión colectiva anónima: recordamos, en el 16 aniversario, lo que pasó después del atentado del 11 de marzo de 2004. La sociedad se “despegó” de la versión oficial, “deliberó” autónomamente y produjo su propia “decisión” (echar al gobierno de Aznar). El poder no lo puede todo.

La apertura de preguntas tiene su tiempo. La interrupción abre una fisura que es un espacio de intervención posible. Cosas mínimas pueden tener un efecto inmenso.

Hoy es difícil que se abran las plazas, como en el caso del 15M, para pensar juntos. Justamente es la “aglomeración” lo que está prohibido. Pero el pensa-miento, cuando arranca, encuentra siempre sus caminos para extenderse.

Pueden abrirse preguntas sobre las formas de vida, sobre los cuidados, sobre la vulnerabilidad y los cuerpos, sobre la interconexión que somos… Se requiere estar atentos.

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