jueves, 31 de mayo de 2018

Cuando perdemos la libertad


La preciosa sangre fluye por un complejo y extensísimo sistema de tuberías que aseguran el aporte de oxígeno, glucosa y múltiples nutrientes para todas las células del cuerpo (unos 50 trillones de células hambrientas de oxígeno y alimento) unas 70 a 100 veces por minuto. La juventud de este sistema de tuberías es la edad biológica del individuo. Si el sistema de tuberías está obstruido, rígido, el individuo será “viejo” aunque tenga 25 años.


Los órganos y tejidos reciben el precioso líquido, la sangre con una determinada presión. Si fuera muy suave, los nutrientes y el aire llegarían con atraso y los órganos no podrían funcionar bien y no podríamos mover los músculos con dinamismo suficiente como para una marcha rápida y menos para practicar algún deporte. 

La presión debe ser suficientemente alta para que haya velocidad en los intercambios, porque le debe llegar sangre oxigenada y también a gran velocidad se debe drenar sangre venosa, con los desechos biológicos. Pero si fuera muy fuerte la presión, se podrían lesionar las delicadas estructuras de los tejidos, los órganos y las células.Ni muy baja (yin) ni muy alta (yang).

De forma similar cuando tomamos una ducha regulamos el flujo de agua de modo tal que tengamos el nivel de presión perfecto para una ducha perfecta. Si la presión es muy baja la ducha será demasiado lenta y exasperante. Si la presión fuera demasiado fuerte, sentiremos dolor e incluso se podrían abrir fisuras en la piel.

Nuestra sensibilidad determina el calibre justo para tener la presión perfecta para la ducha perfecta. Esa sensibilidad es la salud, la pérdida de salud se manifiesta como insensibilidad.
La mano sensible, abre o cierra el grifo de acuerdo a lo que la piel sensible indica como óptimo; también además de regular la presión del agua, la mano sensible debe regular el nivel de temperatura perfecto para la ducha perfecta.

Sería triste que perdiéramos esa sensibilidad y que tuviera que venir un experto en patologías de la piel para que en función de mediciones de presión y temperatura (colocando sensores en la piel) determinara cuánto abre el grifo y cuál es el nivel de calor – frio adecuado para la ducha.

Y nosotros ahí desnudos mientras el técnico/a lo hace para nosotros. De igual modo cuando los vasos sanguíneos se estrechan y vuelven rígidos se pierde la delicada sensibilidad para determinar el nivel de presión ideal para irrigar los órganos.

Entonces debe intervenir la ciencia, que mide la presión y en base a esa medición determina la cantidad de medicación que debemos tomar, en forma de diuréticos y/o vasodilatadores. Cuando se pierde la autorregulación autonómica por exceso de yang durante años, perdemos la libertad y debemos depender del sistema de salud y de la industria farmacéutica para irrigar nuestras preciosas células.

Y esto le ocurre a un tercio de la población mundial. Y la ciencia no puede curarlo, o al menos eso es lo que se nos intenta hacer creer.

-Martín Macedo-

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