sábado, 17 de abril de 2021

El Dios de Jung

 ¿QUE QUISO DECIR JUNG CUANDO DIJO QUE EL NO CREÍA EN DIOS, QUE El SABIA?

Carl Jung fue entrevistado por la BBC en 1959. En la entrevista, que le hizo el periodista John Freeman, se puede ver a Jung en toda su madurez: un sabio que era también un mago.

Por ciertos momentos en su carrera, Jung intentó legitimar su trabajo envolviéndolo en lenguaje científico y tomando un acerca-miento propio de las ciencias. Sin embargo, a diferencia de la psicología moderna, que intenta revestirse de un carácter "objetivo", es evidente que la psicología, por definición, no puede ni siquiera pretender ser objetiva.

Dicho eso, la subjetividad que Jung investigó (como se revela en esta entrevista o en su biografía y particularmente en el llamado Libro rojo) es una subjetividad que trasciende al individuo y que, según Jung, tiene un componente arquetípico colectivo. Se trata de una especie de fuerza universal.

En efecto, si se lee con cuidado a Jung, uno encuentra que el psicólogo suizo creyó probar la existencia del arquetipo de Dios o de la totalidad de la existencia manifestándose (individuándose) en el individuo. Como muestran estos textos, desde que era niño y particularmente en una "confrontación con el inconsciente" antes de la Primera Guerra Mundial, Jung tuvo una serie de experiencias místicas que fueron fundamentales en su pensa-miento.

Jung contestó a la pregunta de Freeman "¿Usted cree en Dios?" diciendo "Yo no creo. Yo sé". Esta respuesta un tanto misteriosa ha sido interpretada de muchas maneras. ¿Implican sus palabras una respuesta afirmativa que trasciende la mera fe y se apuntala en la certidumbre del psicólogo que siempre quiso ser un arqueólogo o un espeleólogo, alguien que penetra las profundidades del tiempo y del espacio?

E. A. Bennet, en su libro Lo que verdaderamente dijo Jung, aclara la interrogante. Bennet publicó una explicación que Jung dio precisamente a su respuesta en una carta dirigida a The Listener, del 21 de enero de 1960; dijo ahí Jung:

Todas las cartas que he recibido recalcan mi supuesto "conocimiento" (de Dios). Mi opinión acerca del «conocimiento de Dios» no es convencional, por lo que comprendo que haya podido insinuarse que no soy cristiano. Sin embargo, yo me considero cristiano porque me apoyo enteramente sobre conceptos cristianos. Sólo que intento esquivar sus contradicciones internas adoptando una actitud más modesta, que toma en consideración las vastas tinieblas de la mente humana. El cristianismo, como el budismo, manifiesta su vitalidad mediante una evolución constante. Nuestra época exige sin duda ideas nuevas a este respecto, y no podemos seguir pensando como en la antigüedad o en la Edad Media cuando abordamos la esfera de la experiencia religiosa. No afirmé en la emisión: «Dios existe», sino «No necesito creer en Dios; lo conozco». Ello no significa: conozco a un dios particular (Zeus, Jehová, Alá, la Santísima Trinidad, etc.), sino: sé inequívocamente que me hallo ante un factor desconocido en sí mismo, al que llamo «Dios» en consensu omnium ("quod semper, quod ubique, quod ab omnibus creditur"), Lo recuerdo y Lo evoco siempre que Lo nombro cuando me invade la ira o el miedo, o siempre que, involuntariamente, exclamo: «¡Dios mío!». Ello ocurre cuando me hallo frente a alguien o algo más fuerte que yo. Dios es un nombre idóneo para cualquier emoción arrolladora que brote en mi sistema psíquico, avasallando mi voluntad consciente y usurpando el control de mí mismo. Con este nombre designo todo cuanto surge en el camino de mi albedrío violenta y ciegamente, todo cuanto desbarata mis ideas, proyectos e intenciones y altera el curso de mi vida para bien o para mal. De acuerdo con la tradición, doy a la fuerza del destino (tanto en su aspecto positivo como negativo, y por no someterse a mi control) el nombre de "dios", o "dios personal", ya que soy casi mi destino, sobre todo cuando este toma la forma de la voz de la conciencia, un vox Dei con el que puedo incluso conversar y discutir. (Obramos así sabiendo lo que hacemos. Somos a la vez sujeto y objeto). No obstante, sería una inmoralidad intelectual pretender que mi concepto de dios es el Ser universal y metafísico de las confesiones y filosofías. Tampoco cometo una irreverente hipóstasis ni afirmo con arrogancia: "Dios es necesariamente bueno". Tan sólo mi experiencia es buena o mala. Además, sé que la voluntad suprema trasciende la imaginación humana. Dado que conozco la existencia de una voluntad suprema en mi propio sistema psíquico, conozco a Dios y, si me atreviera a cometer la ilegítima hipóstasis de mi imagen, añadiría: un Dios más allá del bien y del mal, que reside en mí mismo y en todas partes: Deus est circulus cuius centrum est ubique, cuius circumietentia vero nusquam. [Dios es una esfera cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna].

Se podría pensar que la respuesta de Jung es un poco esquiva, pero en realidad aquí tenemos plasmado mucho de lo que que podemos llamar la teología de Jung, pues el psicólogo suizo, tanto por la influencia de su padre como de sus antepasados, siempre estuvo llamado a ser teólogo y, a fin de cuentas, de su propia manera única, lo fue.

Vemos aquí la idea gnóstica de Jung de que Dios no es únicamente bueno sino que abarca también el mal, es decir, es un concurso de fuerzas que tienden hacia su síntesis o conjunción.

Vemos también la idea esencial de Jung que guió su vida personal y su psicología: la noción de que existe una voluntad superior que se manifiesta a través del individuo (una voz que debe ser escuchada en sueños, fantasías, irrupciones numinosas, etc.); voluntad que, como el espíritu de Hegel y como el Dios cristiano, se manifiesta en la historia, moldea incluso la historia para hacer aparecer, en medio del temor y el temblor, su misterio tremendo.

El mismo Jung parece haber sentido que la divinidad se manifestaba a través de él, algo que por supuesto es difícil de digerir para muchos de sus seguidores que preferirían un Jung más domesticado, más científico y menos místico.

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