martes, 6 de abril de 2021

Caras de la muerte

A través de sus lecturas de Adorno, Heidegger o Derrida, entre otros, Byung-Chul Han describe la muerte, con sus horrores pero también con su capacidad creadora. En ‘Caras de la muerte. Investigaciones filosóficas sobre la muerte’ (Herder), el filósofo surcoreano desarrolla una aproximación paso a paso a la muerte, haciendo audible su lenguaje, que no deja de sonar e interpelar a lo largo de la vida.

Asumir la muerte en la conciencia no significa solo tomar nota de la muerte. No solo se exige pensar en la muerte, sino un pensar que recorra la muerte, que se arrime a ella, estar dispuestos a que sea la muerte la que nos dé el pensar. Asumir la muerte en la conciencia no consiste solo en asignar a la muerte, generosa o magnánimamente, un sitio en la conciencia, de modo que la muerte pase a ser un contenido de la conciencia mientras la conciencia misma se mantiene incólume en su forma anterior. Más bien sucede que la muerte hace que se tambalee la imagen que la conciencia tiene de sí misma. Con la experiencia del horror, la conciencia entra en contacto con lo distinto de ella misma.

En realidad, asumir la muerte en la conciencia es una exigencia aporética. Dicho de otro modo, la muerte le crea a la conciencia una situación aporética. La conciencia ya no puede seguir adelante sin más. La conciencia no puede limitarse a proseguir el camino anterior. Si caminar fuera un rasgo fundamental de la conciencia y si, por otro lado, ya no fuera posible limitarse a continuar avanzando, entonces la muerte sería la aporía por antonomasia. Pero si pese a todo fuera posible caminar, entonces habría un caminar aporético, es decir, un caminar sin camino. La expresión de esta aporía sería la exigencia de Adorno de que el pensar tiene que pensar contra sí mismo.

Con la pregunta «¿qué es eso?» o «¿qué sabemos en realidad?» la conciencia vacila. Se detiene. «Estar vuelto hacia la muerte» sería este detenerse vacilando, la resolución a vacilar. La conciencia o el saber vacilan en vista de la muerte. Esta vacilación hace ver aquello ante lo cual la conciencia se apresta a pasar de largo. Hay una mirada parsimoniosa y prolongada.

«La conciencia o el saber vacilan en vista de la muerte»

Hay también otro motivo por el que el recuerdo infantil de Adorno provoca desasosiego. Lo que provoca horror no es el hombre muerto, sino el animal muerto. Quizá Adorno quiso decir que el hombre reprime hasta tal punto el pensamiento de la muerte que ya ni siquiera el muerto le recuerda a la muerte. Esta manera de reprimir la muerte expulsándola del ser humano conllevaría que ya solo el cadáver putrefacto de un animal es capaz de provocar horror. El horror que siente Adorno sería doble. Incluso el hombre muerto hace que la muerte se vuelva invisible. La tercera pregunta del niño es: «¿Somos nosotros mismos también eso?». Con ello se está preguntando también: «¿Somos animales también nosotros?». Esta pregunta formula una de las cuestiones centrales del pensamiento adorniano. En las tres preguntas del niño suscitadas por la visión del animal muerto «¿Qué es eso? ¿Qué sabemos en realidad? ¿Somos nosotros mismos también eso?» vendrían a concentrarse las preguntas fundamentales del pensamiento adorniano.

Un Hegel quinceañero relata en su diario un inusual paseo: «Iba caminando con el sr. Cleß. Justo cuando pasábamos por encima de la fosa tocó la campana grande para el entierro del sr. regidor R. Schmidlin. Al mismo tiempo unos trombones comenzaron a tocar a duelo desde la torre de la ciudad (moles propinqua nubibus arduis). El sordo y despacioso toque solemne de la campana y el triste sonido de los trombones concitaron en mí una sensación y una impresión tan sublimes que no acierto a describirlas. Al mismo tiempo veía a veces caer el aguacero a lo lejos y pensaba en los lamentos de los familiares difuntos».

«El horror en vista de la pérdida irrevocable mantiene en marcha la dialéctica»

En este momento la muerte tuvo que haberse marcado indeleblemente en la conciencia de Hegel. La experiencia de la muerte como una pérdida absoluta conllevará un trabajo inusual por superar el duelo. La dialéctica es justamente el nombre de este trabajo hegeliano para sobreponerse al duelo. Según Hegel, la filosofía no comienza ni con el asombro ni con el horror, sino por una necesidad. La «necesidad de la filosofía», según Hegel, nace cuando de la vida del hombre desaparece el poder de la unificación. Es la necesidad de un «restablecimiento de la totalidad». La totalidad es la coyuntura o el estado de una plenitud o saciedad de la que se ha conjurado definitivamente el peligro de una pérdida absoluta.

El sentimiento en que se basa la totalidad es el hartazgo. El «poder de la unificación» debe restablecer esta totalidad en la que nada se pierde. Todo está recogido, unido, unificado y congregado. En realidad, la necesidad hegeliana de la filosofía viene precedida de un horror. Se filosofa por horror al horror. El horror en vista de la pérdida irrevocable mantiene en marcha la dialéctica. La superación como trabajo dialéctico ofrece una protección total, un aseguramiento total contra la pérdida. El espíritu hegeliano no quiere dar nada por perdido. Su contabilidad dialéctica busca la acumulación, una posesión total. La totalidad a la que se aspira como una saciedad total no sufre ninguna carencia ni ninguna pérdida.


Este es un fragmento de ‘Caras de la muerte. Investigaciones filosóficas sobre la muerte’ (Herder), por Byung-Chul Han.

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